Me encontraba leyendo un libro de misterio que son los que más me agradan, cuando me entró una sed inusitada, levantándome a servirme mi whisky acostumbrado. No sé las causas o la influencia que ejerce en mí esta legendaria bebida escocesa, que no puedo leer sin mi vaso con bastante hielo, agua natural y el delicioso sabor a madera de los añejos alambiques de esa tierra tan llena de leyendas. Sencillamente la lectura sin él no me sabe y ni tampoco sin mi querida pipa, regalo de mi padre cuando cumplí los veintiún años.
Recuerdo que me dijo: Si te empeñas en fumar más vale que lo hagas en una señora pipa, no de esas que venden hoy en día que son una verdadera porquería. Te voy a obsequiar esta de mi colección para que vayas formando la tuya. de la misma pipa, la dura madera con que está fabricada es de raíz de brezo, un arbusto de flores pequeñas y rojizas que solo se encuentra en cinco países, España, Italia, Francia, Marruecos y Yugoeslavia, y ha pasado de generación en generación en la familia, ha llegado el momento de que sea tuya. –Oye padre, -le dije- y como ha durado tanto tiempo sin echarse a perder, si es como dices ya estaría toda chamuscada amén de mordisqueada. –Examínala bien y veras que casi esta nueva, no vayas a pensar que era la única pipa que mis ancestros poseían, no, tenían verdaderas colecciones de ellas y todas muy finas.
A ésta por ejemplo le pones el mejor tabaco que encuentres en el mercado y lista, a fumar, ya no tendrás que curarla como suelen hacerlo y además ya ni se curan igual, antes sí se sabía curarlas era todo un secreto, nunca las debes quemar ni con alcohol, ni con coñac, eso es un grave error. Cuando compres una nueva te diré como curarla.
-¿Padre no estarás exagerando? -Desde cuando le faltas al respeto a tu querido padre, apenas ya se sientes hombrecitos y ya lo quieren a uno ningunear. Yo nunca exagero en lo que digo, así que más respeto. –Esta bien padre no pensé que te ofendieras. ¿Cuántos años tendrá mi querida pipa? No quiero ni deseo contarlos, basta y sobra con lo que me dijo mi señor padre, además el fuego todo purifica y no creo que en mi familia alguien haya estado tuberculoso o con alguna enfermedad crónica de los pulmones, entonces lo más seguro es que no hayan fumado ni cigarrillos. A mí me gusta la pipa por el aroma de su tabaco, que es tabaco puro. A la muerte de mi señor padre me heredó varias, así que nunca tuve necesidad de comprar. Claro que he estrenado dos o tres pipas pero han sido obsequios de mis amigos que saben mi afición. Esta que me estoy fumando es de mis favoritas, cada vez que la enciendo me acuerdo mucho del y de su palabra “exagerar” aún resuena en mis oídos como tras muchas, como aquella otra “Siempre obra con rectitud”
Era lindo mi señor padre, un hombre cabal en toda la extensión de la palabra, siempre impecablemente vestido, con su imprescindible chaleco y su leontina, que aún conservo entre otras cosas, entre ellas esta casa que me heredó, ya no se diga mi señora madre todo un encanto que siempre me trató con mimos y con amor, yo era su rey. Sería porque no tuve más hermanos. En cuanto papá falleció a los dos meses mi madre no aguanto el dolor y lo siguió. Recién fallecidos a pedimento de mi tía Luvi deje esta casa y me fui a vivir con ella; se llama Luviana pero le digo Luvi de cariño. a pedimento de ella. Luvi había quedado viuda tiempo atrás. Serviría vivir en su compañía no estaríamos solos, además no aguantaba estar en la casa solo, extrañaba horriblemente a mis padres y de continuo escuchaba sus voces. Oía que me llamaban por mi nombre y en las noches me despertaba sudando copiosamente; para calmarme le estaba entrando duro al whisky y eso no era nada bueno.
–Mira sobrino que flaco estás, eres los puros huesos, hasta tu ropa te queda grande, eso no es correcto, te me vienes a vivir conmigo. – Encantado de venirme contigo tía, ¿pero que hago con la casa? -La puedes rentar o vender. –Eso sí que no tía, no voy a permitir que nadie la desmantele o que la destruya, ahí nacieron mis tatarabuelos, es una casa que tiene más del siglo y mira como se ha mantenido en pie, ya no hacen las casas como antes, fuertes, vigorosas. En donde voy a conseguir otra igual cuando, cuando… –Dilo no te de pena, cuando me muera, dilo que es muy natural que a mis años me vaya de este mundo como se fue mi hermana y tu padre, ya estoy vieja y no creo durarte mucho y ni que decir que esta vieja casa también será tuya, ya que no tuve hijos, el Señor no me dio ese don. Lastima que tú no hiciste a tus padres abuelos, les hubiera encantado conocer a tus niños. -Tía querida el casarme va para largo, además estoy joven ¿para que quieres que me ate a una mujer que después me corte las alas de mi preciosa libertad. Y eso de que tú te vas a morir pronto, va para largo, estás fuerte, esa sangre escocesa que te corre por las venas lo hace aún con mucho ímpetu, tu corazón camina mejor que mi reloj de bolsillo.
–Mira. Mira, te agradezco los alientos que me das, pero eso sí, para atenderte y cuidarte me pinto sola y cuidadito que empieces a llegarme a deshoras de la madrugada como acostumbras; ya sé que te encanta andar con los amigotes de bar en bar. -¿Quién te ha dicho semejante mentira Luvi, rara vez salgo, me la paso leyendo en casa o reparando muebles o esculturas dañadas, ya sabes que me encanta la restauración, para eso estudié. Y a propósito déjame meterle mano a tus cuadros que se encuentran un poco maltratados por el tiempo, te prometo que te quedaran nuevos.
Ni loca que estuviera, el tiempo es el que le da valor, si le metes mano, como tú dices, no valdrían ni un céntimo. Déjalos, déjalos, así como están los quiero. –Tía querida se me hace que no me tienen confianza soy muy buen restaurador; ¿te acuerdas de las enormes lunas que están en la sala de la casa? Pues sus marcos todos marchitos por el paso del tiempo ahora brillan como nuevos. –¿Y porqué dices marchitos si no son plantas? – Por sus hojas, por las hojas de oro con que estaban recubiertos, le puse nuevas y quedaron increíbles. Acuérdate hasta tú un día me dijiste que si eran nuevas las lunas. –No sé porque te encanta decirles lunas, para mí son espejos y ni creas que los quiero ver ya que vería lo acabada que estoy. Volviendo a la invitación de vivir juntos ¿que me contestas?
-Para serte sincero sí me gustaría para que no estés sola, así nos cuidaríamos mutuamente, pero déjame pensarlo unos días. Creo que con esta estupenda cocinera que tienes me vendré mucho antes de lo que te imaginas, esta comida que hizo fue de reyes, sobre todo el postre de moras, delicioso. ¿Me puedo llevar un trozo a casa?
Ya han pasado quince días y no me animaba a cambiarme a su casa, pensaba que me iba a tratar como niño chiquito, bien vigilado, sin poder dar un paso sin preguntarme ¿que hiciste, en donde andabas? parecería detective interrogando a un pillo. Le di otro trago a mi vaso cuando en eso escuche un ruido en la ventana del estudio, no le hice caso y continué leyendo a este estupendo autor que me mantenía en suspenso. No habían pasado ni cinco minutos cuando otra vez el golpe en el vidrio de la ventana pero ahora más fuerte. Pensé que si no me levantaba alguien lo iba a romper, me acerqué con cautela, caía nieve y el viento arreciaba, recorrí las cortinas y que veo a un enorme pajarraco que con su largo pico volvía golpear el vidrio con tanta fuerza que casi lo fractura. Disgustado por tal osadía muy a pesar de que estaba nevando, abrí la ventana y un viento frío por poco me congela orejas y nariz, cogí el libro que sostenía en mis manos y con él lo trate de espantar; pájaro loco este cuervo, quien con desfachatez me retaba queriéndome picar una mano; yo mantenía el libro como escudo, pero en una de esas se me escapó y fue a caer del segundo piso sobre la nieve del jardín. Aprovechando un descuido del pajarraco cerré las ventanas, corrí las cortinas, fui a secarme el rostro, eché más leños en la chimenea ya que la estancia se había enfriado. Pensé, si el cuervo vuelve a dar guerra voy por la escopeta y lo lleno de postas. Por fortuna no continuó escandalizando ni picando los vidrios.
En eso que me acuerdo de mi pobre libro, ya hasta había olvidado en la página que iba, me puse mi saco de lana para ir por é,l cuando en eso veo que el desgraciado cuervo revoloteaba por todo el estudio emitiendo unos tremendos graznidos. –Me la vas a pagar condenado esta vez te saco aunque sea muerto. –No me explicaba por donde se había introducido. Abrí el armario y saque una de las escopetas, por fortuna el pajarraco se había ido a parar a un sillón de cuero y lo tenía en el blanco, ya le iba a disparar cuando pensé el boquete que iba yo hacer en la pared, dispararle hubiera sido una locura. Bajé el arma colocándola de nuevo en su lugar mientras ideaba un nuevo plan para capturarlo. Se me ocurrió ir por una frazada para echársela encima, o echarle sal en las alas, dicen que así ya no pueden volar, pero el desgraciado ya no estaba, me acerque al sillón y vi como con sus poderosas garras le había hecho varios tajos, me puse furioso buscándolo por todas partes pero nada. De pronto vi moverse una sombra tras la lámpara de pie, me armé de valor y de un cojín del sofá y fui a buscarle, cuando en eso escuche una voz tenebrosa y grave que me dijo. –Yo soy el que buscas, aquí estoy. –Volteé rápidamente y ante mí apareció un anciano de luengas barbas blancas con una larga túnica negra que lo cubría de pies a cabeza, me quedé de una pieza sin creer lo que estaba frente a mis azorados ojos, y volvío a repetirme-
–Yo soy el que estaba fuera buscando que me abrieras, soy Sumo Sacerdote de la Hermandad del Cuervo y he venido a que nos salves de nuestros enemigos nombrándote nuestro representante aquí en Inglaterra tu país. Tú eres el único que lo puede hacer, te hemos estado estudiando y eres el hombre ideal, tienes las cualidades que requerimos.
-¿Cualidades yo? Si tiemblo ante una insignificante mariposa negra, creo que se equivocó de persona, además como es que entró en mí casa. –Para mí no hay imposibles Paul, puedo aparecer y desaparecer a mi antojo, tú podrás hacer lo mismo y muchísimas cosas más si aceptas nuestra proposición, defender nuestra causa en este país. –Pero ni siquiera sé cual es su causa, ni contra quienes los defenderé. –Nuestra causa es la justicia, el honor, la lucha contra el mal, para ello te dotaremos de armas muy poderosas. -¿Armas? Ni siquiera se usar una escopeta, ni matar a un cuervo. –De hoy en adelante respetarás a esas aves que son nuestra insignia, son parte de nosotros mismos, somos la Hermandad del Cuervo. -El anciano abrió su ropaje diciéndole a Paul- ¿Este libro es tuyo? -Sí se me cayó cuando el maldi… digo, el bendito Cuervo picaba la ventana. Creo que me rompió el vidrio. –Porqué no lo vas a ver, sí es así te lo repondré. –Paul se acerca a la ventana y no nota ningún vidrio roto- Juraría que había quebrado uno de los vidrios. –Le dice al viejo- Y además con sus garras cortó como si fuera queso el lomo de mi sillón de piel. –¿Por que no vasa examinarlo? -No se lo dijo dos veces y acercándose al sillón vio que las cortadas habían desaparecido como por encanto.
-Esto es brujería no lo puedo creer. –Yo le llamaría poderes, nosotros los de la hermandad no congeniamos con los brujos, ellos son completamente aparte, desde luego los respetamos. –Como curiosidad que es lo que pretenden que haga, cual sería mi primera tarea dentro de esa hermandad ¿me sometería a algunas pruebas? –No a ninguna, ya que como te dije reúnes las cualidades que requerimos, no hace falta ninguna prueba. –Paul se pasea de un lado a otro del estudio, prende su pipa, se sirve un trago y volteando le dice al sacerdote- ¿Gusta un trago? Yo estoy demasiado nervioso con todo esto que me está sucediendo. –Pero el anciano ya no está, en su lugar ha quedado una intensa y brillante luz que paulatinamente fue desapareciendo. De pronto comencé a sudar frío y a temblar, y tomando el vaso le serví más whisky y puro me lo empiné, eso me tranquilizo un poco, prendí la pipa, me fui al sillón, y me puse a pensar en lo ocurrido.
¿No estaría soñando? ¿Acaso la casa estaría embrujada? Recuerdo que papá llegó a pensarlo en varias ocasiones, decía que a él se le había aparecido un niño vestido de marinero en la escalera y que en otra ocasión mamá escuchó mucho ruido en la cocina y fue a investigar encontrando todo revuelto y que el pastel de carne que había preparado para la cena tenía una buena mordida. Fue cuando llevó al padre Smith a que fuera a orar por las almas de los difuntos; papá pensó que eran sus propios ancestros quienes más., o sea que los sustos quedaban en familia, que gran alivio. Pero este Sacerdote de larga y blanca barba no parecía ser mí pariente, me hubiera dicho., además está demasiado narigón para serlo. Ya un poco más tranquilo y examinando de nueva cuenta mi libro recuperado, que volteo hacia mí escritorio y que veo encima del otro libro pero ahora bastante grueso, voluminoso, me quedé intrigado y fui a verlo de cerca, vaya que pesaba y mucho, notando que su cubierta era de piel color negro teniendo incrustada la efigie de un cuervo que brillaba extrañamente; lo examine y me di cuenta que era de oro puro, ya que lo comparé con mi anillo de mayoría de edad, el cual desde luego tenía el escudo de la familia. ¡El escudo de la familia!
Sí, el blasón de la familia tenía en sus extremos dos cuervos, uno arriba y otro abajo separados por una flor de lis. ¡Que torpe! hasta ahora voy ligando eso de los cuervos, sí yo siempre los he llevado. ¿No sería esa la causa de que el anciano sacerdote me haya seleccionado a mí para defender sus ideales? Comencé a hojear el pesado libro cuyas páginas trate de leer pero estaban llenas de muchas letras desconocidas para mí y de jeroglíficos, yo que iba a saber de esos signos, solo los había visto en revistas y en otros lados, revistas, fotografías de Egipto, o de sus tesoros, ya que siempre me ha llamado la atención el arte de esa civilización milenaria. Así que lo cerré y me puse a acariciar el bajo relieve del cuervo y comencé a girar mi mano en su entorno, de pronto comencé a sentir una fuerza interior extraña, se me quitó la pesadez que traía del whisky sintiéndome de maravilla, hasta podía respirar mejor. Como sentía la camisa toda sucia y llena de sudor opté por ponerme una limpia, ya lo iba hacer cuando de pronto la casa comenzó a llenarse de un denso humo blanco y yo desde luego a toser, rápidamente abrí las ventanas para no ahogarme, por fortuna la tormenta de nieve ya había pasado y fui a investigar de donde provenía el molesto humo, pensé que se estaba quemando la casa y subía y bajaba con una agilidad inaudita sin ningún cansancio; y miren que mi escalera contiene muchos escalones, mi pobre madre con mucho esfuerzo la podía subir, hasta que se pensó en que mis padres habitaran en la parte baja de la casa. Continué tratando de descubrir de donde provenía la humareda; era la maldita chimenea que se había tapado, algo le impedía al humo salir con libertad. Tenía que mandarla destapar de inmediato y yo salirme sino perecería ahumado como los jamones.
Busque a Elmer mí auxiliar por todas partes para que se encargara del asunto y nada de él, lo más seguro es que se haya ido a las cuadras a cuidar los caballos, a taparlos y mantenerlos calientes, bastante caro me han costado, tengo cuatro y son los que jalan mi coche, no vayan a creer que son de pura sangre, son fuertes y a la vez ágiles para el trabajo a que los tengo destinados. Así que de aquí a que lo fuera a buscar podría hasta incendiarse la casa; unas chispas y adiós todo mi patrimonio. Me arme de valor subiendo al tejado con un enorme escobillón de esos que usan los limpia chimeneas llegando hasta la boca del tiro en donde descubrí que unas ramas derribadas por la tormenta la había tapado, menos mal que no la derribaron, así que las comencé a jalar, una de ellas se había atorado y por más que la jalaba no se desenganchaba, así que trate de cargarla y ¡oh maravilla! lo hice sin ningún esfuerzo y eso que estaban llenas de sus hojas, hasta pensé que estaba podrida por dentro. De dos en dos o de tres en tres las fui arrojando por una de las laderas del tejado, rodando y cayendo al otrora bello jardín lleno de flores y plantas y ahora cubierto de este maldito manto blanco que me hace trabajar doble cuando quiero sacar el coche y enganchar los caballos. Sabía que ellos estaban muy a gusto y calientitos en su caballeriza, bajo el esmerado cuidado de Elmer.
Total que di por terminada la faena y el humo comenzó a salir con libertad, pero en eso pise mal una de las tejas y dando una voltereta en el aire me precipite al vacío, me dije “de esta no me salvo” y me encomendé a Dios. Ya iba a pegar en el suelo cuando sentí que me elevaba por los aires, vi que delante de mí aparecía un enorme pico, mire a los lados y vi unas plumas; no lo podía creer me había convertido en un cuervo.
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